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Amentia

Compañías

Compañías

Escribe sus muertes, muchas, amables y tortuosas. Hasta que termina caminando en osamentas por la calle. Cuando ya ninguna le quede, buscará la propia, la consumira como licor derramado en tinta. Anaelí mira rapidamente a su izquierda, quiere verla allí con sus ojos encendidos. Es lo único que le pertenece. Camina tras su soledad.
Recuerda sus muchas alegrías absolutas, felicidades pasajeras y totales. Es gracias a su ingenuidad bobalicona, escondida bajo esa belleza letal de arpia mal engendrada.
Anaelí la ve y sabe que poseera a la dama fiel tras su hombro, antes que ella venga y pose la mano sobre sus raídos huesos.

Espejos

Espejos

Anaelí se pregunta y reflexiona, dentro de su soledad inminente. Todos se han convertido en libros; ella es la estrella de su teatro vacío. Quiere saber cuanto toma dar un paso sin que una de tantas voces cavile. Vive muerta y quintuplégica.
Anaelí se masturba frente al espejo recordando las miradas deseosas e insinuantes de los hombres, sabe que sería delirante para ellos verla allí desnuda con la cadera asomando sus huesos, llamando a todas esas manos muertas.
Observa a noventa kilometros por hora, por una senda que pudo haber sido un río cruzando el continente. Se tranquiliza pensando que vuelve a su reino, con la corona llena de zafiros. Vuelve a preguntarse, quién es el monstruo.